Confinados, a veces aislados, siempre a distancia… Ni apretones de manos, ni abrazos, ni besos. Desde hace varias semanas, la ausencia de contacto físico con nuestros seres queridos, vecinos y amigos provoca en cada uno de nosotros un sufrimiento indescriptible. ¿Y si el toque fuera vital para nuestro bienestar emocional?
¿Sería el toque un tema vital?
«Saludar sin estrechar la mano, detener los abrazos…».
Con voz grave y tono dramático, el mensaje suena una y otra vez en todos los medios de comunicación desde hace casi tres semanas.
Es el triste himno de esta primavera de 2020, ya clasificado como número uno en el ranking de la mala suerte.
Ya no estrechamos la mano, boicoteamos el choque de besos, prohibimos los abrazos: el régimen es estricto cuando se trata de caricias.
Debido al estado de emergencia sanitaria, se nos prohíbe tocarnos bajo ningún pretexto.
Esta intrusión de las autoridades sanitarias en nuestra vida afectiva no es bien recibida por todos.
El prohibido toque: ¿una mutilación psicoafectiva?
«¿Y la ternura? ¡Maldita sea!»
Esta expresión es el grito de rebeldía de muchas mamás que viven mal la abstinencia táctil impuesta por la pandemia, como lo expresa una de mis pacientes:
«¡Es desgarrador! No poder hacer, sin sentirme culpable, besos y abrazos a mis dos hijos de 12 y 9 años es para mí lo más difícil de soportar durante este confinamiento. Para ser franca, a menudo me quiebro porque los pequeños lo piden y no entienden por qué ya no pueden acercarse a su mamá».
Instrucciones a menudo olvidadas en casa...
A partir de los testimonios recopilados durante mis teleconsultas, muchas familias aplican las restricciones gubernamentales de manera más relajada en sus hogares.
No siempre es fácil renunciar a tomar a tu hijo en brazos, negarle el abrazo de la noche o los besos de la mañana…
El apretón de manos al presentarse o saludar era muy importante.
De hecho, apretar la mano que nos tienden es un gesto reflejo, un ritual del cual es difícil deshacerse de la noche a la mañana.
Y, incluso en una situación de crisis, rechazar un apretón de manos no siempre se comprende bien.
El apretón de manos es una costumbre, un reflejo. Y siempre es complicado deshacerse de un reflejo.
El apretón de manos forma parte de las normas de saludo, y no seguir esta norma significa ocultar algo, excluirse de un grupo.
No estrechar una mano tendida es juzgado negativamente. Y deshacerse de este hábito no es un gesto neutro.
Visiblemente, el «footshake» al estilo chino (saludar con los pies) o el «elbow bump» estadounidense (saludar con los codos) no parecen seducir a los franceses.
El toque prohibido y sus consecuencias en nuestra salud
¡20 segundos para liberar la oxitocina!
Si en la vida profesional y social, estos rituales de saludo pueden evitarse sin demasiadas consecuencias, en nuestra esfera privada la historia es distinta.
Porque los abrazos, con aquellos y aquellas a quienes amamos, son otra cuestión. Desde el corazón.
En plena pandemia, cuando cada uno de nosotros necesita consuelo, no poder abrazar a la pareja, a los hijos, a los padres, a los amigos es especialmente cruel.
Esta privación forzada de contacto físico incluso puede aumentar nuestra vulnerabilidad física y psicológica durante esta prueba.
Porque el toque es un aliado poderoso cuando se trata de superar situaciones angustiantes.
Una caricia prolongada, de al menos 20 segundos, desencadena la liberación de oxitocina, conocida comúnmente como la hormona del apego o la hormona de la felicidad.
Una vez producida por el cerebro, esta hormona disminuye el estrés, la tensión y genera una sensación de bienestar y seguridad.
Los profesionales de la salud lo saben: el toque patético, el que transmite atención cuidadosa, ayuda al paciente a relajarse, a soltar las tensiones.
Esto se traduce, por ejemplo, en una mano sobre el hombro o acariciando suavemente la espalda en una consulta.
Al reducir el nivel de cortisol en la sangre, la oxitocina contribuye a disminuir el estrés y regula la frecuencia cardíaca.
El toque: ¿un reto vital? Los abrazos que estimulan los anticuerpos
La ciencia ha demostrado que los abrazos ayudan a reducir la presión arterial. Además, los abrazos estimularían los anticuerpos y se convertirían en una barrera contra las enfermedades invernales como el resfriado o la gripe.
Las personas que viven conflictos interpersonales tienen una menor capacidad para luchar contra el virus del resfriado. Además, aquellas que cuentan con apoyo dentro de su comunidad están parcialmente protegidas contra los efectos del estrés psicológico.
El aparente efecto protector de los abrazos podría atribuirse a que estos contactos físicos son un indicador de apoyo social e intimidad.
En los niños pequeños, el hallazgo es aún más impactante: el papel de los abrazos en el buen desarrollo de los bebés.
Los investigadores han demostrado que, a la edad de 4 años y medio, existía una verdadera diferencia genética entre los bebés que habían sido abrazados y aquellos que no habían recibido contacto físico frecuente.
«Para los bebés que recibieron poco contacto por parte de los cuidadores, se observó una mayor angustia infantil asociada con una edad epigenética más joven. Estos resultados sugieren que el contacto postnatal temprano tiene asociaciones duraderas con la biología del niño», afirman los autores del estudio.
¿Es el contacto físico vital? Un remedio eficaz contra los pensamientos negativos
Aparte de ser reconfortante y agradable, un abrazo es también un poderoso antidepresivo natural.
Porque, además de estimular la secreción de oxitocina, la hormona del placer y el apego, promueve la liberación de otras sustancias químicas en el organismo, como la dopamina y la serotonina.
Ambos neurotransmisores están directamente relacionados con el buen humor, la sensación de bienestar y el optimismo… Un cóctel ideal para ahuyentar los pensamientos negativos.
La dopamina, conocida como el «neurotransmisor de la felicidad», hace que todo se vea más «positivo» cuando se sintetiza en cantidades suficientes.
Por su parte, la serotonina se cree que desempeña un papel crucial en la aparición del síndrome depresivo (aunque no existe una conexión directa claramente establecida).
De hecho, para tratar la depresión, los médicos suelen recetar medicamentos llamados «inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina», como el Prozac (fluoxetina) o el Zoloft (sertralina).
Pero, la verdad, no siempre funciona y, sin duda, es mucho menos placentero que un tierno abrazo, corazón contra corazón.



